Ocho horas funciona como un atajo cultural. Sirve para poner el descanso en la conversación y se queda corto cuando se usa como veredicto.

Conviene mirar también la regularidad de los horarios, las interrupciones y cómo se transita el día siguiente. Esas señales no cierran la pregunta. La vuelven más precisa.

Este análisis no fija una cantidad recomendada. Deja la cifra en su lugar: una referencia, no una regla para todas las vidas.